miércoles, 30 de septiembre de 2015

Pokemón



Creo que habrá poca gente que habiendo sido niño o adolescente en los años 90 desconozca qué son los Pokemón. Yo, personalmente, no he jugado nunca  ni al original ni a las expansiones posteriores. Ha habido tantas expansiones que se ha quejado hasta Hitler (ya sabéis, ESE Hitler) en un vídeo de 2010. Ahora no sé qué diría. Bueno, sí que lo sé, diría lo mismo, pero lo subtitularían de forma diferente, todos lo sabemos




¿Por qué hablo de los pokemón? Pues para poneros en antecedentes. Hubo un tiempo en el que había pokemón hasta en la sopa. Estaba la serie, los juegos y había pokemón en los tazos. (Si no sabéis lo que son los tazos, sois muy jóvenes, usad google, anda. Que sale hasta en la wiki)
En esa época apareció por casa un tazo con el dibujo de un pokemón con guadañas por manos justo en el momento en el que también aparecía una foto de mi madre segando con la guadaña su jardín con mi padre detrás. Hubo alguien que puso el tazo al lado de la foto y las bromas fueron inevitables. Mi madre pasó a llamarse Pokemón o "poke" y mi padre era el entrenador pokemón. No sé qué era la pokeball y creo que no quiero saberlo. Tampoco sé de qué especie es mi madre y, dado mi amplio conocimiento del tema, me importa más bien poco.
¿A qué viene todo esto? Ya voy, ya voy, a veces divago, lo sé.
Todo esto viene a que he empezado a salir a caminar con un amigo. No me refiero a caminar 10 minutos y tomarnos una cerveza después (cosa que me parece un plan genial), sino a caminar 10 o 12 km para hacer rodaje para hacer el doble o más de aquí a unos meses y después tomar una bebida isotónica para no morir de agujetas al día siguiente. Ayer cuando llegué a casa vi el doodle de google y me sentí totalmente identificada con Marte: roja, redonda y bebiendo agua.



También siento que me están entrenando como a un pokemón, aunque no sé de qué tipo soy, y creo que me parezco más a uno versionado por Tim Burton en lugar de uno de los originales. Espero seguir saliendo a caminar con mi entrenador pokemón para no ser eternamente Marte (por mucho que tenga agua).
También espero que mi amigo no se sienta ofendido porque le llame entrenador pokemón.





lunes, 28 de septiembre de 2015

The wall

Creo que todos en algún momento de nuestra vida nos encontramos con un muro delante. Un obstáculo que parece inalcanzable, que no podemos (o no queremos) rodear y que tampoco podemos saltar, escalar o derribar.
A lo largo de nuestras vidas nos encontramos con muchos muros, algunos son sólo vallas para nosotros o, incluso, líneas pintadas en el suelo. Los obstáculos que existen para otros pueden no ser gran cosa para nosotros, como si tuviéramos un bazuca creado exactamente para eso, pero para otros pueden ser insuperables.
Mi muro particular es la búsqueda de empleo (hasta aquí ningún misterio). Cada vez que lo intento escalar me duele más la caída. Es algo que no sé cómo afrontar, que continuamente tengo la sensación de estar haciendo mal, de haberme confundido en un punto del camino que me trajo a este punto sin las herramientas necesarias para superarlo. Me crea un miedo que me paraliza, que me encoge y me hace temblar, que me hace dudar de qué puedo y qué no puedo hacer, que me hace olvidar de qué soy capaz y todos los muros que he superado hasta llegar aquí. Dudo de todo, de mi capacidad de pensar, de actuar, de escribir. Me convierte en un ser disfuncional que ni reconozco.
Sé que para otras personas hay otras cosas que les hacen sentir exactamente igual. (Sí, vale, hay algunos que no lo admitirían ni aunque les torturaras de formas dolorosas y creativas.) Es sentir que llegas a un punto en el que la impotencia te puede.
Conozco a varios para los que eso ha sido la tesis doctoral. Hay muchos obstáculos para conseguir una tesis doctoral, desde los materiales, como el dinero, hasta los de carácter más específico, como el tema de estudio. Pero la sensación a la que llegas acaba siendo la misma: que no vales.
Cuando te encuentras con un muro que sientes que no puedes superar, que miras y cada vez es más alto, que parece que te mira y te dice "sé que no vales", hay gente que intenta superarlo una y otra vez, tendiendo cuerdas e intentando subir por ellas hasta tener las manos en carne viva; que intenta escalar sin cuerda hasta perder todas las uñas; que lo golpea hasta pelarse los nudillos (o romperse las muñecas, que hasta golpear hay que saber cómo hacerlo). Cada nuevo intento te deja más dolorido que el anterior, más cansado pero, aun así, hay gente que sigue buscando los medios para llegar arriba o derrumbar el muro y lo acaban consiguiendo o pereciendo en el intento.
Hay gente que lucha, da varios golpes, araña la pared y luego lo deja. Creen al muro cuando les dice "no puedes hacerlo" y el muro les acaba ganando la partida.
Creo que en mi vida sólo me he rendido ante un muro. Una muralla acorazada tan alta que parecía que rozaba el cielo, de piedras tan bien encajadas que no necesitaban argamasa. Pero no era mi muro para derribar, sólo para golpearme contra él y que fuera más fácil romperlo desde el otro lado. Ante ese sí que me rendí, no era mi batalla que luchar, no era mi guerra.
He pensado en dejar el muro de la búsqueda de empleo, después de dos años intentándolo hay días que no sé por qué lo sigo intentando. Podría conformarme con ser una mujer florero y conformarme con llevar mi casa y cuidar de mi marido (Suena taaan poco yo, la verdad) ¿Podría conformarme realmente o una parte de mí moriría en el proceso?

jueves, 24 de septiembre de 2015

Black mirror

Hace mucho que no escribo, no estoy comunicativa con nadie, no es fácil tratar conmigo. Cada vez hablo menos, o hablo menos de lo que me pasa por la cabeza. Normalmente no son cosas agradables. Supongo que aprendí de alguien que es mejor lidiar sólo con ese tipo de cosas antes de ir por el mundo acojonando a la gente que se preocupa de tí.
Llevo tiempo deprimida, creo que eso no es un misterio para nadie que me conozca. Tengo mis días buenos y mis días malos y días de vacío agónico, días en los que los sentimientos son más bien imágenes en mi cabeza que no sé cómo apagar. Como si fueran fotos o cortometrajes en 3D que transmiten sentimientos y sensaciones, que plasman un mundo interior que no exteriorizo.
Hace poco la imagen era una llanura desierta. Estar en medio de un desierto en el que no hay más que tierra seca que mueve el viento, poco, más como si fuera un desierto de piedra o de sal que si fuese un desierto de arena. No había dunas, no había movimiento. Sólo el suelo, el cielo azul y la brisa en kilómetros a la redonda.
Hoy ha sido mirarme en un espejo metafísico y no reconocerme. En pijama por la tarde, sin haberme duchado y con unos pelos que asustarían al más curtido de los peluqueros (creo que Llongueras saldría corriendo y graznando, que con la voz que tiene dudo que grite muy alto ni muy agudo).
Hubo un tiempo, hace años, en el que podía ser una mujer bastante elemental. En el que era una mujer que podía llegar a ser una fuerza de la naturaleza, no un desierto yermo.
Podía ser un volcán, con un fuego y una pasión que hiciera estragos. Una capaz de cambiar el paisaje de alrededor, de derribar montañas, de asolar bosques con sólo una chispa.
Podía ser una furiosa tempestad cuando estaba triste e inundar el mundo con mis lágrimas. Podía gritar de desesperación y llorar durante horas. No en silencio, no de forma apacible, sólo llorar y soltarlo todo como si fuera el fin del mundo y después estar agotada y despejada como el cielo cuando se abren las nubes después de la tormenta.
Podía ser un terremoto cuando estaba enfadada. Capaz de hacer temblar la tierra cuando me enfadaba. Nunca me permití golpear cosas ni romperlas, sólo en contadas ocasiones arremetí contra algo de forma física. Nunca me permití estamparle la cabeza a nadie contra una pared. Pero era ese tipo de enfado que puede destruir el mundo.
Podía ser un rayo, de esos que iluminan todo el cielo y se ven a kilómetros, cuando estaba determinada a algo iba directa a por ello, superaba los obstáculos y golpeaba mi objetivo directa, sin dudas, nada podía pararme.
Ahora ya no soy ella, ya no sé si alguna vez existió ni sé si se ha podido quedar atrás ni dónde. Soy un desierto yermo que no sabe dónde va, cuya superficie se cuartea por el calor de un sol que ni siquiera veo, en el que no hay tormentas que curen la tierra y den lugar a la vida otra vez, en el que no hay terremotos que lo modifiquen ni volcanes que hagan salir su fuego interior. Sólo desierto, vacío, sin rastro de vida, ajeno al devenir del tiempo porque no hay nada en él que cambie.