jueves, 24 de septiembre de 2015

Black mirror

Hace mucho que no escribo, no estoy comunicativa con nadie, no es fácil tratar conmigo. Cada vez hablo menos, o hablo menos de lo que me pasa por la cabeza. Normalmente no son cosas agradables. Supongo que aprendí de alguien que es mejor lidiar sólo con ese tipo de cosas antes de ir por el mundo acojonando a la gente que se preocupa de tí.
Llevo tiempo deprimida, creo que eso no es un misterio para nadie que me conozca. Tengo mis días buenos y mis días malos y días de vacío agónico, días en los que los sentimientos son más bien imágenes en mi cabeza que no sé cómo apagar. Como si fueran fotos o cortometrajes en 3D que transmiten sentimientos y sensaciones, que plasman un mundo interior que no exteriorizo.
Hace poco la imagen era una llanura desierta. Estar en medio de un desierto en el que no hay más que tierra seca que mueve el viento, poco, más como si fuera un desierto de piedra o de sal que si fuese un desierto de arena. No había dunas, no había movimiento. Sólo el suelo, el cielo azul y la brisa en kilómetros a la redonda.
Hoy ha sido mirarme en un espejo metafísico y no reconocerme. En pijama por la tarde, sin haberme duchado y con unos pelos que asustarían al más curtido de los peluqueros (creo que Llongueras saldría corriendo y graznando, que con la voz que tiene dudo que grite muy alto ni muy agudo).
Hubo un tiempo, hace años, en el que podía ser una mujer bastante elemental. En el que era una mujer que podía llegar a ser una fuerza de la naturaleza, no un desierto yermo.
Podía ser un volcán, con un fuego y una pasión que hiciera estragos. Una capaz de cambiar el paisaje de alrededor, de derribar montañas, de asolar bosques con sólo una chispa.
Podía ser una furiosa tempestad cuando estaba triste e inundar el mundo con mis lágrimas. Podía gritar de desesperación y llorar durante horas. No en silencio, no de forma apacible, sólo llorar y soltarlo todo como si fuera el fin del mundo y después estar agotada y despejada como el cielo cuando se abren las nubes después de la tormenta.
Podía ser un terremoto cuando estaba enfadada. Capaz de hacer temblar la tierra cuando me enfadaba. Nunca me permití golpear cosas ni romperlas, sólo en contadas ocasiones arremetí contra algo de forma física. Nunca me permití estamparle la cabeza a nadie contra una pared. Pero era ese tipo de enfado que puede destruir el mundo.
Podía ser un rayo, de esos que iluminan todo el cielo y se ven a kilómetros, cuando estaba determinada a algo iba directa a por ello, superaba los obstáculos y golpeaba mi objetivo directa, sin dudas, nada podía pararme.
Ahora ya no soy ella, ya no sé si alguna vez existió ni sé si se ha podido quedar atrás ni dónde. Soy un desierto yermo que no sabe dónde va, cuya superficie se cuartea por el calor de un sol que ni siquiera veo, en el que no hay tormentas que curen la tierra y den lugar a la vida otra vez, en el que no hay terremotos que lo modifiquen ni volcanes que hagan salir su fuego interior. Sólo desierto, vacío, sin rastro de vida, ajeno al devenir del tiempo porque no hay nada en él que cambie.

1 comentario:

  1. Sólo espero poder ayudar a que encuentres un oasis en el desierto y de el reaurjas como el fénix, no es fácil, pero sabes que quiero estar ahí.

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