jueves, 20 de noviembre de 2014

Íñigo Montoya

Sé que últimamente escribo menos, llevo varios días de bajón y me cuesta hacer hasta las cosas más tontas. Me siento un poco como Íñigo Montoya en esa memorable escena... (La de "Soy Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre...) No, esa no, la otra...  (La de "He dedicado tanto tiempo a la venganza....) No, esa tampoco. Vale, esta: 

"-         Estoy esperando a Vizzini. Dijo que volviera a donde todo empezó. Y eso hice. Aquí estoy, y aquí me voy a quedar. No me moveré.
-         Alto ahí.
-         No me voy a mover. Olvida tu "Alto ahí."
-         Pero el príncipe dio la orden.
-         También lo hizo Vizzini. Cuando algo sale mal, vuelves al principio. Y aquí es donde conseguí el trabajo. Es el principio, y me voy a quedar hasta que llegue Vizzini."

No es que me dé a la botella, no recuerdo cuándo fue la última vez que me emborraché, sé que no fue en mi boda ni en la despedida, creo que forma parte de tiempos pretéritos. Ahora mismo podría decirse que estoy agarrada a mi botella metafórica que consiste, básicamente, en leer literatura juvenil y jugar al pc.
Llevo toda la semana de bajón, exactamente no sé por qué, alterno momentos de querer gritar y querer llorar pero ninguna de las dos cosas me sale natural. Me siento tonta llorando porque no sé por qué lloro. Sólo estoy aquí, con mi botella (metafórica, recordémoslo) esperando al maldito Vizzini.
Creo que he pasado por la fase de la negación, la del enfado y la de la negociación tras mi ruptura laboral y ahora estoy en la del dolor emocional. Ese dolor emocional que te hace pensar que nadie más te querrá nunca (para un trabajo, se entiende), ese que hace que nada tenga sentido (en la búsqueda de trabajo, se entiende), ese que hace que tengas ganas de llorar hasta que acabas llorando a mares porque no hay helado de chocolate en el supermercado (como en “Cosas que nunca te dije” de Isabel Coixet).
Siempre me ha gustado esa escena. La protagonista ve a alguien llorar en el supermercado porque no hay helado y no lo entiende y un tiempo después le pasa a ella. Es hasta cómico ver al dependiente ofreciéndole tipos de helados diferentes y a ella llorando porque no hay de chocolate. Creo que ilustra perfectamente ese momento en el que lloras por todo y por nada. Todavía no he llegado a eso, estoy en el momento previo, pero todavía no he encontrado la nimiedad que me haga ponerme a llorar y desahogarme. Así que, más bien, estoy esperando a Fezzik.

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