Te cortan el grifo y no tarde en llegar
ese enemigo silencioso que te haría suplicar por una nueva dosis.
Añoras como el contacto de la aguja te
hacía sentir un toque electrizante, una sensación adormecedora a la
que te abandonabas o una excitación perversa que te hacía subir a
las alturas.
Sabes que es posible que nada te haga
sentir igual, que no todas las drogas son iguales. El corte perfecto,
la mezcla perfecta de ingredientes que se adaptaba a ti. Difícil de
encontrar, imposible de replicar.
Notas que te falta. Notas que te pica
la piel, tienes el estómago revuelto y te duele la cabeza. No
duermes porque tu mente divaga, no comes porque la comida es para
aquellos que no se sienten así. Tu cuerpo está muriendo. Cada una
de tus células grita que quiere más, un pico más, una dosis más.
Pero no la hay.
Toca superar el dolor de alguna forma,
esperar que tu cuerpo lo elimine, confiar en que algún día no te
sientas morir.
(Nota: Es un texto méramente metafórico, en el consumo de drogas me limito a la cafeína y al alcohol, y este último de forma ocasional)
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