jueves, 12 de noviembre de 2015

La de la pirata coja




Algunos de vosotros conoceréis esta canción del gran Joaquín Sabina, para los despistados (o los que la quieran recordar) es esta:

Llevo un montón de tiempo dándole vueltas a este post pero no me acababa de animar a sentarme a escribirlo. Me daba vueltas por la canción y también por la siguiente cita del cuarto capítulo de la serie “The crimson pental and the white”:
“Veamos: Me parece que puedo recordar... que me sentía un poco distinta. Pero, si no soy la misma, la siguiente pregunta es ¿quién demonios soy? ¡Ah, este es el gran enigma! […] ¿Quién soy ahora, entonces? Decidme esto primero, y después, si me gusta ser esa persona, volveré a subir. Si no, me quedaré aquí abajo hasta que sea alguien distinto.”
Igual que la protagonista, tengo problemas para saber quién soy ahora, en este preciso momento.
A lo largo de mi vida he querido ser muchas cosas distintas, algunas de ellas sin ninguna conexión entre sí, algunas más fácilmente confesables que otras, pero sé que ahora no soy ninguna de ellas.
Al igual que en la canción se Sabina, en este post voy a “vivir otras vidas, a probarme otros nombres, a colarme en el traje y la piel de [todas las mujeres] que nunca seré”.

Cuando era pequeña quería ser modelo. Me refiero a muy pequeña y casi de forma subconsciente, antes de ser consciente de que mi cuerpo no era precisamente el de una modelo. Ahora existe lo de ser “modelo de tallas grandes” pero os hablo de tiempos pretéritos, de hace más de 20 años, de la época de las grandes modelos de los 90. No soy alta, no soy delgada, no soy una modelo de los 90´.
Podría hacerme modelo de tallas grandes, pero no creo que a nadie que me conozca le parezca una gran idea, para empezar porque no me gusta que me hagan fotos. Supongo que mi ideal de belleza o mi autoimagen no coinciden con lo que veo en el espejo. Me siento baja y gorda. Vale, sí, estoy gorda y nunca he estado delgada. Pero no nos desviemos del tema.
Ser modelo, para mí, era (aparte de ser alta y delgada) poder tener un montón de ropa. Viajar mucho y siempre verme bien. Era una visión muy romántica del tema, que era muy pequeña. En parte, de más mayor he pensado que no ser alta y delgada me ha salvado de ser una fashion victim. No me gusta comprar ropa, ni ir de tiendas.

Cuando mi consciente se dio cuenta de que mi subconsciente estaba equivocado, quise ser diseñadora de moda. Pensaréis "Vale, sí, pero cómo de pequeña eras". Pues pequeña, menor o igual a 8 años. Esa época en la que si ponían un desfile por la tele intentaba verlo, en el que me gustaba dibujar vestidos y hacerle vestiditos a las muñecas. Sé coser y me sigue gustando el patronaje. Me gusta mirar la ropa y tener una idea de cómo está hecha y de porqué funciona bien o mal para una determinada persona. Supongo que algo siempre queda, la verdad es que este sueño lo abandoné más o menos cuando me di cuenta de lo **** (insértese el taco que corresponda) caro que era. ¿Con 8 años? Pues sí, con 8 o 9 años era consciente de que era algo que mi familia no se podría permitir.
De niña debía de ser temible, en serio.
La verdad es que no seré una diseñadora de moda de élite de esas que exponen sus diseños en pasarela y son conocidas en todo el mundo.

Cuando veía Ally McBeal, quise ser abogada. ¡Ays, el daño que hace la televisión! Si soy sincera, nunca me lo planteé en serio. Creo que realmente lo que me gustaba eran los modelos de mujer independiente y libre. Libertad, cuánto se piensa en ti cuando se te desea.
Algo de esto tuvo que quedar en mí, o por lo menos mi tesis demuestra que el estudio de las leyes no me es ajeno, pero mi cerebro no funciona así. Sería incapaz de memorizar todos los textos legales necesarios.

Los libros también hacen daño, que lo sé yo, que leo por varias personas. Debido a ellos quise ser forense. Esta fue la época de empezar a leer libros de Patricia Cornwell y del Dr. García Andrade; y de tener en la habitación un póster de dibujo anatómico con los grandes grupos musculares marcados.
Me sigue gustando la medicina, me gusta saber cómo funciona el cuerpo humano. Abandoné parcialmente este sueño a los 15 porque pensé que no se me daba suficientemente bien la química, creo que siempre me pedí mucho aunque desde fuera muchos lo dudaran (gracias mamá por tus ánimos). Este sueño dio coletazos hasta los 18 años, más o menos. No muchos lo saben, salvo los que me sufrieron en ese momento, hubo un momento en segundo de bachillerato en el que me planteé mandarlo todo a freír espárragos y marcharme de casa para hacer un ciclo de citología y medicina forense (no era algo que hubiera cerca de dónde vivía). En ese momento, definitivamente ser se sentía de forma diferente. No lo hice, no me fui de casa en malos términos y me lancé a la aventura porque hubo quién me puso freno y me hizo razonar que no era lo más adecuado.
Tú, tan irracional siempre, tan odiado por mi familia, creo que nunca se pararon a pensar en el bien que me hiciste y en las locuras que evitaste que hiciera.
Sigo leyendo a Patricia Cornwell, aunque me decepciona un poco llegar a una teoría sobre el significado aportado por una autopsia antes que la protagonista, cuando lees tantos libros de una autora pierden el misterio. También veo Bones y vi El cuerpo del delito, por si alguno se lo pregunta.

En algún punto de mi vida ser psicóloga aunque nunca me lo planteé en serio, aunque disfruto viendo cómo funciona la mente humana. No sólo me gusta saber cómo funciona la mente humana, también creo que todos somos capaces de crear belleza y fealdad, de cometer actos horribles si nos vemos en esa tesitura. Sé que yo soy capaz, también sé que no soy psicóloga ni una mente criminal.
Sí, veo Mentes criminales desde que empezó; y sí, vi Dexter y me he leído algunos de los libros en los que se basa; sí, vi la primera temporada de Mental y de Hannibal (y tengo temporadas pendientes); y sí, he empezado a ver Wicked city. Leo mucho y veo muchas series ¿vale?

Quise ser artista. Hice el bachillerato de artes y la prueba de acceso a Bellas Artes y parte de la artista en mí se frustró en el proceso, murió agonizando lentamente partida en mil ejercicios. Casi nunca pinto, ni dibujo, ni esculpo, ni nada de lo que se enseña en Bellas Artes. Me frustré porque lo que hacía no reflejaba la forma en la que veía el mundo, siempre me faltaba algo para ir más allá; también fue en parte por el profesorado, creo que fue la etapa en la que peores profesores he tenido.
Lo que me quedó fue el gusto por el diseño arquitectónico, por las formas bellas, por el dibujo anatómico, por el dibujo técnico; pero nunca seré esa mujer.
Recuerdo en segundo de bachillerato la cara de mi profesor de ASRG (Ampliación de sistemas de representación geométrica) cuando le dije que no iba a hacer diseño industrial, creo que se le cayó un mito. Es lo que tiene dar tumbos y no saber lo que quieres, no tener sueños por un exceso irracional de pragmatismo.

En el bachillerato de artes tuve un profesor que me dio varios consejos en una conversación que entonces me pareció poco correcta y que, seguramente, sea la conversación más rara que haya tenido nunca con un profesor pero que marcó mi vida. Me dio tres consejos: que si quería aprender a escribir que hiciera filología hispánica; que siguiera aprendiendo inglés y que si podía me fuera un tiempo al extranjero; y que saliera siempre con hombres mayores porque era madura para mi edad y que sólo ellos podrían enseñarme cosas, que aprendería mucho con ellos.
Hice filología hispánica; no soy bilingüe en inglés pero me defiendo y lo tengo siempre presente; y, salvo uno de mis novios, todos han sido mayores que yo.

Mientras mi alma artística moría, empecé a querer escribir. Quise crear mundos imaginarios, quise hacer sentir a la gente con mis palabras. También es una forma de arte, aunque no de las que se aprenden en la escuela de artes.

Hay un poema de Ángel González que dice:
“Escribir un poema se parece a un orgasmo:
mancha la tinta tanto como el semen,
empreña también más en ocasiones.
Tardes hay, sin embargo,
en las que manoseo las palabras,
muerdo sus senos y sus piernas ágiles,
les levanto las faldas con mis dedos,
las miro desde abajo,
les hago lo de siempre
y, pese a todo, ved:
¡no pasa nada!
Lo expresaba muy bien Cesar Vallejo:
“Lo digo y no me corro”.
Pero él disimulaba”

Se pueden decir muchas cosas de lo que es escribir y creo que nada de lo que dijera sería completamente prosa. Podría hablar de cómo hay gente que escribe y parece que acaricia las páginas con la pluma; o gente que apuñala el papel como si quisiera matarlo lentamente. Podría decir que hay gente que logra acariciar con las palabras haciéndote sentir que no estás solo, enamorándote lentamente de alguien que sólo es sueño; o gente que retuerce las palabras mostrando quizás su yo más oscuro, creando monstruos que se alimentan con un festín de sangre y dolor, que te hacen odiar con un odio visceral nacido de lo más profundo de tu ser.
Escribo... ¿eso me hace escritora? ¿Escriba?

Sobre el deseo de escribir se impuso mi carrera. Me gustó Filología hispánica, me gustó estudiar cómo funciona la lengua, me encanta la lingüística por lo mismo que la anatomía: en el fondo es analizar cómo funciona un mecanismo o un organismo vivo. Pero no sé si soy lingüista.

Me gusta analizar cómo funcionan las cosas. Me gusta contemplar toda la imagen, ver cómo funciona el mecanismo. Me produce placer saber cómo están hechas las cosas (no es una parafilia, no os paséis). Me caen bien las personas que piensan así, me hacen estar más tranquila.

Pero, ¿qué soy? Si ser cualquiera de esas cosas se sentiría diferente, qué es sentirse como me siento. Saber que hay muchas cosas que no seré nunca, pero no saber qué soy ahora.

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