Algunos de
vosotros conoceréis esta canción del gran Joaquín Sabina, para los despistados
(o los que la quieran recordar) es esta:
Llevo un
montón de tiempo dándole vueltas a este post pero no me acababa de animar a
sentarme a escribirlo. Me daba vueltas por la canción y también por la
siguiente cita del cuarto capítulo de la serie “The crimson pental and the white”:
“Veamos: Me
parece que puedo recordar... que me sentía un poco distinta. Pero, si no soy la
misma, la siguiente pregunta es ¿quién demonios soy? ¡Ah, este es el gran
enigma! […] ¿Quién soy ahora, entonces? Decidme esto primero, y después, si me
gusta ser esa persona, volveré a subir. Si no, me quedaré aquí abajo hasta que
sea alguien distinto.”
Igual que la
protagonista, tengo problemas para saber quién soy ahora, en este preciso
momento.
A lo largo
de mi vida he querido ser muchas cosas distintas, algunas de ellas sin ninguna
conexión entre sí, algunas más fácilmente confesables que otras, pero sé que
ahora no soy ninguna de ellas.
Al igual que
en la canción se Sabina, en este post voy a “vivir otras vidas, a probarme
otros nombres, a colarme en el traje y la piel de [todas las mujeres] que nunca
seré”.
Cuando era
pequeña quería ser modelo. Me refiero a muy pequeña y casi de forma
subconsciente, antes de ser consciente de que mi cuerpo no era precisamente el
de una modelo. Ahora existe lo de ser “modelo de tallas grandes” pero os hablo
de tiempos pretéritos, de hace más de 20 años, de la época de las grandes
modelos de los 90. No soy alta, no soy delgada, no soy una modelo de los 90´.
Podría
hacerme modelo de tallas grandes, pero no creo que a nadie que me conozca le
parezca una gran idea, para empezar porque no me gusta que me hagan fotos.
Supongo que mi ideal de belleza o mi autoimagen no coinciden con lo que veo en
el espejo. Me siento baja y gorda. Vale, sí, estoy gorda y nunca he estado
delgada. Pero no nos desviemos del tema.
Ser modelo,
para mí, era (aparte de ser alta y delgada) poder tener un montón de ropa.
Viajar mucho y siempre verme bien. Era una visión muy romántica del tema, que
era muy pequeña. En parte, de más mayor he pensado que no ser alta y delgada me
ha salvado de ser una fashion victim.
No me gusta comprar ropa, ni ir de tiendas.
Cuando mi
consciente se dio cuenta de que mi subconsciente estaba equivocado, quise ser
diseñadora de moda. Pensaréis "Vale, sí, pero cómo de pequeña eras".
Pues pequeña, menor o igual a 8 años. Esa época en la que si ponían un desfile
por la tele intentaba verlo, en el que me gustaba dibujar vestidos y hacerle
vestiditos a las muñecas. Sé coser y me sigue gustando el patronaje. Me gusta
mirar la ropa y tener una idea de cómo está hecha y de porqué funciona bien o
mal para una determinada persona. Supongo que algo siempre queda, la verdad es
que este sueño lo abandoné más o menos cuando me di cuenta de lo ****
(insértese el taco que corresponda) caro que era. ¿Con 8 años? Pues sí, con 8 o
9 años era consciente de que era algo que mi familia no se podría permitir.
De niña
debía de ser temible, en serio.
La verdad es
que no seré una diseñadora de moda de
élite de esas que exponen sus diseños en pasarela y son conocidas en todo el
mundo.
Cuando veía
Ally McBeal, quise ser abogada. ¡Ays,
el daño que hace la televisión! Si soy sincera, nunca me lo planteé en serio.
Creo que realmente lo que me gustaba eran los modelos de mujer independiente y
libre. Libertad, cuánto se piensa en ti cuando se te desea.
Algo de esto
tuvo que quedar en mí, o por lo menos mi tesis demuestra que el estudio de las
leyes no me es ajeno, pero mi cerebro no funciona así. Sería incapaz de
memorizar todos los textos legales necesarios.
Los libros
también hacen daño, que lo sé yo, que leo por varias personas. Debido a ellos
quise ser forense. Esta fue la época
de empezar a leer libros de Patricia Cornwell y del Dr. García Andrade; y de
tener en la habitación un póster de dibujo anatómico con los grandes grupos
musculares marcados.
Me sigue
gustando la medicina, me gusta saber cómo funciona el cuerpo humano. Abandoné
parcialmente este sueño a los 15 porque pensé que no se me daba suficientemente
bien la química, creo que siempre me pedí mucho aunque desde fuera muchos lo
dudaran (gracias mamá por tus ánimos). Este sueño dio coletazos hasta los 18
años, más o menos. No muchos lo saben, salvo los que me sufrieron en ese
momento, hubo un momento en segundo de bachillerato en el que me planteé
mandarlo todo a freír espárragos y marcharme de casa para hacer un ciclo de
citología y medicina forense (no era algo que hubiera cerca de dónde vivía). En
ese momento, definitivamente ser se sentía de forma diferente. No lo hice, no
me fui de casa en malos términos y me lancé a la aventura porque hubo quién me
puso freno y me hizo razonar que no era lo más adecuado.
Tú, tan
irracional siempre, tan odiado por mi familia, creo que nunca se pararon a
pensar en el bien que me hiciste y en las locuras que evitaste que hiciera.
Sigo leyendo
a Patricia Cornwell, aunque me decepciona un poco llegar a una teoría sobre el
significado aportado por una autopsia antes que la protagonista, cuando lees
tantos libros de una autora pierden el misterio. También veo Bones y vi El cuerpo del delito, por si alguno se lo pregunta.
En algún punto
de mi vida ser psicóloga aunque nunca
me lo planteé en serio, aunque disfruto viendo cómo funciona la mente humana. No
sólo me gusta saber cómo funciona la mente humana, también creo que todos somos
capaces de crear belleza y fealdad, de cometer actos horribles si nos vemos en
esa tesitura. Sé que yo soy capaz, también sé que no soy psicóloga ni una mente
criminal.
Sí, veo Mentes criminales desde que empezó; y
sí, vi Dexter y me he leído algunos
de los libros en los que se basa; sí, vi la primera temporada de Mental y de Hannibal (y tengo temporadas pendientes); y sí, he empezado a ver Wicked city. Leo mucho y veo muchas
series ¿vale?
Quise ser artista. Hice el bachillerato de artes y
la prueba de acceso a Bellas Artes y parte de la artista en mí se frustró en el
proceso, murió agonizando lentamente partida en mil ejercicios. Casi nunca
pinto, ni dibujo, ni esculpo, ni nada de lo que se enseña en Bellas Artes. Me
frustré porque lo que hacía no reflejaba la forma en la que veía el mundo,
siempre me faltaba algo para ir más allá; también fue en parte por el
profesorado, creo que fue la etapa en la que peores profesores he tenido.
Lo que me
quedó fue el gusto por el diseño arquitectónico, por las formas bellas, por el
dibujo anatómico, por el dibujo técnico; pero nunca seré esa mujer.
Recuerdo en
segundo de bachillerato la cara de mi profesor de ASRG (Ampliación de sistemas
de representación geométrica) cuando le dije que no iba a hacer diseño
industrial, creo que se le cayó un mito. Es lo que tiene dar tumbos y no saber
lo que quieres, no tener sueños por un exceso irracional de pragmatismo.
En el
bachillerato de artes tuve un profesor que me dio varios consejos en una
conversación que entonces me pareció poco correcta y que, seguramente, sea la
conversación más rara que haya tenido nunca con un profesor pero que marcó mi
vida. Me dio tres consejos: que si quería aprender a escribir que hiciera
filología hispánica; que siguiera aprendiendo inglés y que si podía me fuera un
tiempo al extranjero; y que saliera siempre con hombres mayores porque era
madura para mi edad y que sólo ellos podrían enseñarme cosas, que aprendería
mucho con ellos.
Hice
filología hispánica; no soy bilingüe en inglés pero me defiendo y lo tengo
siempre presente; y, salvo uno de mis novios, todos han sido mayores que yo.
Mientras mi
alma artística moría, empecé a querer escribir. Quise crear mundos imaginarios,
quise hacer sentir a la gente con mis palabras. También es una forma de arte,
aunque no de las que se aprenden en la escuela de artes.
Hay un poema
de Ángel González que dice:
“Escribir un
poema se parece a un orgasmo:
mancha la
tinta tanto como el semen,
empreña
también más en ocasiones.
Tardes hay,
sin embargo,
en las que
manoseo las palabras,
muerdo sus
senos y sus piernas ágiles,
les levanto
las faldas con mis dedos,
las miro
desde abajo,
les hago lo
de siempre
y, pese a
todo, ved:
¡no pasa
nada!
Lo expresaba
muy bien Cesar Vallejo:
“Lo digo y
no me corro”.
Pero él
disimulaba”
Se pueden
decir muchas cosas de lo que es escribir y creo que nada de lo que dijera sería
completamente prosa. Podría hablar de cómo hay gente que escribe y parece que
acaricia las páginas con la pluma; o gente que apuñala el papel como si
quisiera matarlo lentamente. Podría decir que hay gente que logra acariciar con
las palabras haciéndote sentir que no estás solo, enamorándote lentamente de
alguien que sólo es sueño; o gente que retuerce las palabras mostrando quizás
su yo más oscuro, creando monstruos que se alimentan con un festín de sangre y
dolor, que te hacen odiar con un odio visceral nacido de lo más profundo de tu
ser.
Escribo...
¿eso me hace escritora? ¿Escriba?
Sobre el
deseo de escribir se impuso mi carrera. Me gustó Filología hispánica, me gustó
estudiar cómo funciona la lengua, me encanta la lingüística por lo mismo que la
anatomía: en el fondo es analizar cómo funciona un mecanismo o un organismo
vivo. Pero no sé si soy lingüista.
Me gusta
analizar cómo funcionan las cosas. Me gusta contemplar toda la imagen, ver cómo
funciona el mecanismo. Me produce placer saber cómo están hechas las cosas (no
es una parafilia, no os paséis). Me caen bien las personas que piensan así, me
hacen estar más tranquila.
Pero, ¿qué
soy? Si ser cualquiera de esas cosas se sentiría diferente, qué es sentirse
como me siento. Saber que hay muchas cosas que no seré nunca, pero no saber qué
soy ahora.
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